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s�bado, 21 septiembre, 2019
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Columnas navideñas de CENTRO Tampa

Tampa - Recuerdos de un músico aprendiz Por Orlando Nieves Desde pequeño esperaba con ansias la llegada de las Navidades. Era una época llena de fiestas, regalos, comida y mucha algarabía. Siendo uno de cinco hijos, a donde quiera que llegábamos nos quedábamos con la fiesta. Afortunadamente, mis padres nos inculcaron el amor por la música: mi hermana mayor tocaba el acordeón, una de las gemelas tocaba guitarra y yo me antojé por tocar órgano. Desde que tenía unos 10 años me inscribieron en una escuela de música, a la que asistía todos los sábados, para torturar así a los pobres empleados y clientes de aquel establecimiento. El maestro -buen vendedor, al fin- les dijo a mis padres que yo necesitaba tener un órgano en casa para poder practicar. No tengo idea cómo mi padre, con siete bocas que alimentar, pudo comprar aquel pesado instrumento de tortura. Pero lo hizo. Y tan pronto lo instalaron en la sala, empecé a adivinar la música, ¡porque nunca aprendí a leerla!
Resulta que tenía buen oído y, viendo al maestro tocar la pieza, me la aprendía de memoria. Obviamente metía el dedo o los pies en donde no era, hasta que me salía la melodía. Un día apareció mi padre con un par de audífonos gigantes, los cuales conectó al órgano para la tranquilidad de familiares y vecinos. Uno de mis mejores recuerdos fue la noche en que mis padres y algunos vecinos cargaron con el órgano hasta la calle para que "Orlandito" amenizara la fiesta del vecindario. En un par de semanas me había aprendido -de oído, claro está- algunos villancicos típicos. Me puse a tocar y todo el mundo a bailar, y como no tenía mucho repertorio, seguí con mi 'medley' navideño hasta que la gente se cansó de oírme o los pies se les agotaron. Esas fiestas de vecindario reunían a todas las familias. Cerrábamos la calle y todo el mundo sacaba sillas, mesas, comida y, claro está, mucho coquito navideño, la bebida oficial de la temporada. Cada familia tiene su receta secreta, pero todos reclaman hacer el mejor. Comparto con ustedes una receta de coquito que me trajo muchas memorias (pág. 16 del periódico CENTRO Tampa). Espero que la preparen, la compartan, pero, más importante, ¡que la disfruten! Santa Claus sí existe Por Giovanni Gutiérrez A los 9 años empecé a creer en Santa Claus. Nunca olvidaré el regalo más grande que recibimos mi familia y yo, en la Navidad de 1988. En ese frío mes de diciembre, mi familia decidió emigrar de Nicaragua a Estados Unidos. Los sandinistas llevaban casi 10 años en el poder, con un gobierno comunista, y mis padres consideraban que nuestro futuro estaba en peligro. Aunque la travesía a EEUU no fue fácil, siempre tuvimos fe en que todo saldría bien. Tocamos suelo estadounidense la noche del 22 de diciembre de 1988. Eramos diez personas: mi mamá y mi papá; mis dos hermanos menores, de 7 y 8 años; mi hermanita de apenas 2; mi medio-hermano, y una pareja con un bebé, a quienes mis padres quisieron ayudar en la travesía de México a Texas. Recuerdo que la noche del 23 recorrimos las calles de Brownsville, Texas, en busca de una iglesia que nos diera albergue, ya que no teníamos un sitio para pasar la Navidad. Brownsville fue la primera ciudad donde vi casas adornadas con luces de colores; el espíritu navideño se sentía en cada esquina. O tal vez lo confundo con el espíritu de paz que sentíamos al estar juntos y con la esperanza de un futuro mejor. Recuerdo que las estructuras de las iglesias no eran como las de mi ciudad natal, Granada, en donde las iglesias eran antiguas y de estilo colonial. En Brownsville, en cambio, las iglesias eran modernas, hechas de ladrillos rojos y con un estilo imponente. Me sorprendió que algunas iglesias no fueran católicas; sin embargo, todas expresaban el espíritu navideño con grandes pesebres en sus jardines, y coronas de listón y luces en sus puertas. Después de haber tocado varias puertas, decidimos recostarnos en unos bancos afuera de una iglesia. Mi sorpresa más grande fue que, al día siguiente, mis hermanos y yo nos despertamos en una cama enorme, arropados con sabanas suaves en un dormitorio con calefacción. El sacerdote de la iglesia nos abrió las puertas y nos dio albergue en un monasterio. El edificio estaba vacío, ya que había sido vendido, pero el sacerdote aún tenía las llaves.
Ese 24 de diciembre, nuestra familia recibió el regalo más grande que Santa Claus nos pudo haber dado: estábamos juntos, felices en un país desconocido y con un futuro por delante. El sacerdote y sus amistades nos trajeron regalos y mucha comida para compartir y celebrar la Navidad. Nunca lo olvidaré... Unos versos navideños Por Geovanny Ábrego Recordar la Navidad
desde la infancia vivida
como aburrida y divertida
tiene que ver con realidad. Eran largos y bonitos,
mis diciembres de pequeño.
Eran tristes por ratitos,
me alegraba sin empeño. Cuando iba por las calles,
Centro de San Salvador,
no faltaba algún borracho
que llorara por amor. Las canciones en la esquina
parecían vino añejo.
"Navidad sin ti", Los Bukis;
"Yo no olvido el año viejo". Aprendí a reventar cohetes
hasta que quedaba sordo;
los pequeños fulminantes
no los hacen como antes. Ya no estreno vestimenta,
tengo claro que no engordo.
Ya opté por un buen sorbo
porque el alma me alimenta. No esperaba algún regalo
aunque a veces recibía.
Entre tantos familiares
a mi madre extrañaría. Caminando entre la gente
me gustaba ir a escuchar
las novenas o posadas
aunque yo no las cantara. Nunca tuve el interés
en aprenderlas y cantarlas,
prefería estar afuera
y sentarme a disfrutarlas. Porque cuando era pequeño,
a las nueve de la noche,
ya me moría del sueño.
"Entren santos peregrinos"
ya me quiero ir a dormir. Navidad es compartir
y también es consumir,
y hasta la gente más pasiva
ingiere bebidas psicoactivas. Ni soñé con Santa Claus
ni creía en Supermán.
No pretendo ser un Grinch,
mucho menos un galán. Muchas veces de pequeño
prefería irme a vagar
para encontrar a los amigos
y ponerme a jugar.
No está mal también decirlo:
ya de mayor, ¡a celebrar! Recordando unas canciones,
para esto entender,
me llené de emociones
y las voy a exponer: "Me gustaría celebrar
Y brindar por la Navidad...
Pero ese no es mi estilo
Y es tarde ya para cambiar".
Esa es la realidad... Aunque no sea devoto
de la famosa Navidad,
es un ambiente bonito,
yo no lo puedo negar. Y no es malo aceptar
cuando una amistad
te saluda y te desea
una Feliz Navidad. Ese viejo llavero Por Gonzalo Páez Es inevitable: la Navidad me sabe a villancicos, a vino hervido, a pavo horneado. Me sabe a familia, a reunión, a regalos. Pero, más importante, me sabe a copas de champán levantadas hacia el cielo y a un brindis en honor a Gonzalo y Elba, mis abuelos. Y es que la Navidad en mi familia siempre tuvo un valor agregado: cada 24 de diciembre, en Nochebuena, celebrábamos el aniversario de matrimonio de mis abuelos. Mi abuelo aún vive, pero mi abuela falleció pocos meses antes de cumplir 60 años de casados. Su recuerdo, aunque constante, vuelve con más fuerzas en épocas navideñas. Ahora, parte de mi ritual es abrir una pequeña caja donde guardo mi objeto más preciado: un viejo llavero, que fue el regalo de mi abuela cuando cumplí 12 años y donde coloqué mis primeras llaves. El llavero de forma ovalada, plateado y con el peso de una moneda de 25 centavos ya no tiene otro uso que el de ser guardado con recelo. Con mucho recelo. Es el afán que tienen los humanos, como diría Sábato, "de aferrarse a cualquier despojo de alguien que quisieron mucho". Así, nos aferramos a pequeños objetos, que vistos por otros ojos parecerían insignificantes, pero enaltecidos por nuestros recuerdos cobran un valor desmesurado. Ese viejo llavero, ya carcomido por el tiempo y con principios de oxidación en sus bordes, permanece guardado bajo llave en la gaveta más segura de mi casa. Incluso, he pensado comprarle una de esas cajas antiincendios que suelen ser utilizadas para los documentos personales. El llavero no está solo; también guardo otro regalo de mi abuela: un bolígrafo, hecho en Taiwán, que, de perderlo, podría ser reemplazado por menos de un dólar. Su valor, por supuesto, no está en su precio. Y lo guardo como un niño celoso, manteniéndolo brillante y con su tinta intacta. Pero debo tener cuidado... Debo cerciorarme de que a ningún visitante incauto se le ocurra poner un par de llaves en ese llavero; o que a algún invasor se le ocurra gastar la tinta del bolígrafo, derramando su tenue linfa en un papel. Son sólo míos. Ese viejo llavero está guardado. Ese bolígrafo está guardado. Mi Montblanc, en cambio, está encima del escritorio, listo para ser utilizado por cualquier impostor. Entre novenas, luces y pesebres Por Myriam Silva-Warren La Navidad madruga en Colombia. Oficialmente las festividades comienzan el 7 de diciembre, día en que se celebra la Noche de las Velitas. Esa noche, que también es víspera de la fiesta de la Virgen de la Inmaculada Concepción, todos los colombianos encienden velas y faroles de colores para dar gracias por los favores recibidos y elevar peticiones. Mi familia no es la excepción. Recuerdo que junto a mi hermana y mis primos pedíamos que nos fuera bien en el colegio o por la salud de nuestros familiares, y, tras prender velas de colores frente a nuestra casa, encendíamos las luces de Bengala. Todos apostábamos a quién se le acabarían primero las chispas luminosas de pólvora que emitían las "varitas mágicas". Esa misma noche, el árbol de Navidad y el pesebre ya formaban parte de la decoración de la mayoría de los hogares. Toda Colombia se llena de color; pobres o ricos, todos prenden sus velitas. Incluso, en varias ciudades del país colocan faroles de toda suerte de formas y colores a lo largo de sus calles. En el eje cafetero, al centro del país, poblaciones enteras se convierten en destinos turísticos por sus elaborados alumbrados, al punto que sus calles son unas obras de arte. Se destacan, entre muchos, Salamina y Quimbaya. Medellín, la segunda ciudad más poblada de Colombia, enciende a lo largo del río que la atraviesa un sendero de luces artificiales, las cuales se convierten en un paseo obligado para quien visita la ciudad de la eterna primavera, como también es conocida esa metrópoli. Además, todos los pueblos aledaños a Medellín visten de luces sus plazas mayores y sus iglesias, y en quioscos se pueden conseguir manjares navideños. El 16 de diciembre comienzan las novenas. Cada noche se escoge una casa de familiares o de amigos para rezar y cantar villancicos. En Bogotá, la novena se reza también en los principales parques de la ciudad, donde efectúan conciertos y espectáculos de fuegos artificiales. En mi casa, mi abuela materna hace unos buñuelitos (bolitas de harina, queso y levadura que se fritan) bañados en melado y natilla para endulzar el paladar. Todo después de haber cantado los villancicos, cánticos que obligatoriamente son acompañados de maracas, panderetas y hasta pitos. Todos deben tener un instrumento en mano. Recuerdo que en ocasiones, en medio de los cantos, "soltábamos" carcajadas por la falta de entonación... ¡y es que era difícil poner de acuerdo a 18 primos y a sus respectivos padres! El 24 de diciembre, todos se sientan alrededor del pesebre a rezar el último día de la Novena de Aguinaldos. El menú de la noche: tamales, ajiaco (sopa típica que contiene papa, pollo y otros ingredientes) o pavo. Ese ritual se efectúa muy cerca a la medianoche, de manera que una vez se termina el rezo se abren los regalos. Ese día, la novena me parecía eterna, pues ansiosa esperaba que mis pedidos, consignados en carta previamente a Papá Noel, se materializaran tras rasgar el papel de regalo. Papá Noel nunca decepcionó ni a mi hermana ni a mí, y años más tarde nos trajo de regalo dos hermanos. Hoy uno de ellos es el Papá Noel de la nueva generación en mi familia. Aquellos tiempos en Caracas Por Joel Bustamante El arbolito era un simple palo seco, pintado de blanco para simular la nieve que nunca caía en Caracas. Le salían ramas sin hojas decoradas con escarcha y unas cinco bolitas de colores. Pero lo importante era lo que estaba debajo de las ramas secas. Para mí, que tenía 8 años, cualquier regalo que aparecía como por magia -sea traído por el Niño Jesús, San Nicolás o quien sea-, causaba un sentimiento de euforia, felicidad y sorpresa que duraba todo un día. Ese año, el Niño Jesús leyó mi carta y me trajo casi todo lo que le pedí: el rifle de aire, que me trajo tantos problemas; el tren eléctrico, que duró apenas una semana; y la bicicleta con rueditas para aprender. Ser hijo único tiene sus ventajas. Ese día todo era mío y no tenía que compartir con nadie. Mis tres primos, que vivían en la casa de al lado, tendrían que soportar mis echonerías: "Mi juguete es mejor y más grande que el tuyo y no te lo voy a prestar". En la cuadra, además de mis primos, vivían una docena de niños y niñas, y el 25 de diciembre parecía un festival de juguetería. Cada uno salía a mostrar la bicicleta nueva, los patines, las muñecas... y siempre había uno o dos que, con vergüenza, mostraban las medias blancas, la piyama de Peter Pan o el libro sobre Napoleón y Talleyrand que les trajo el Niño Jesús. La envidia era palpable pero restringida con mucha educación; todos éramos amigos. La Navidad en casa de mis abuelos, donde yo vivía con mi mamá, siempre era una época especial. Todos mis tíos, tías, primos y amigos se reunían en mi casa, no para admirar el nacimiento o el arbolito, sino para cocinar y comer. Mi abuela dirigía un batallón de expertas cocineras, quienes preparaban las hallacas. Hasta hoy día no he podido saborear una mejor versión de ese plato venezolano. Mis tíos jugaban dominó, los primos jugábamos con los juguetes de los demás y el día se acababa rápido. Con el paso de los años, el arbolito navideño era cada vez más escuálido, pero las fiestas de Fin de Año eran cada vez más grandes. Las celebrábamos en casa de mi tío, el Doctor. Las hallacas de mi abuela, por supuesto, eran parte integral de la cena de fin de año, junto a los platos y postres típicos. Decenas de amigos, familiares y "coleados" entraban y salían de la casa en Altamira... Pero, eso sí: a medianoche todos los presentes teníamos una docena de uvas en la mano y una copa de champán en la otra. Después de los abrazos continuaban los tragos, la música a todo volumen, el baile desenfrenado, los mariachis, los rascados y el desayuno se servía a las 6 am. ¡Cómo extraño esas fiestas! Extraño a mis primos, a mis tíos y a mis amigos... pero es la ley del universo: lo único que no cambia es que todo cambia. Las memorias y el anhelo quedan hasta el final, junto a las historias que les cuento a mis hijas. Es inútil tratar de recrear esos momentos, así que hay que crear momentos nuevos y de estos tengo un montón... Pero ésa es otra historia.
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