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lunes, 16 septiembre, 2019
COLUMNAS

Memorias de un destierro emocional

“La incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar” – Mario Benedetti.

Hace cinco años salí de mi amada Maracaibo, ubicada en el occidente venezolano. Fui forzado a irme por una dictadura asesina y expulsado sin opción de mirar hacia atrás porque te arrancan la cabeza. Fue un 24 de septiembre. Lo más duro era irse ‘sin querer hacerlo’, dejándolo todo. No hablo de lo material sino de lo que para mí en ese momento era mi vida, mi realidad, mi gente.

Muy pocas veces internalicé que la salida forzada ocurriría y en el camino escabroso en busca de un lugar que me brindara seguridad, dudaba si había absorbido lo suficiente de eso que era y ya no soy, para llevarlo siempre conmigo: los olores, los sabores, los lugares y las fotografías mentales.

Hoy sigo creciendo y aprendiendo, cada día me sorprendo de lo nuevo que tengo en frente, de lo increíble.

La nostalgia es parte de nuestra esencia, siempre pensamos en lo que fue. Por momentos anhelamos revivir maravillosos episodios, en los mismos lugares, con las mismas personas, reír de la misma forma, disfrutar sabores que en ese instante se quedaron grabados en nuestra memoria y con la etiqueta de felicidad plena. Ese calor de hogar que no se olvida, pero se añora.

Este año hemos recibido visitas tanto de mi familia como la de mi esposa Andrea. Cinco años pasé sin ver a mis viejos, mi hermana y mis sobrinos. Me llevé un tortazo en la cara, sí, no entendía muy bien lo que pasaba, me sentía egoísta, egocéntrico y hasta avergonzado de no sentir lo que esperaba. Me sentía extraño como si estuviera viviendo una realidad alternativa.

Me costó unos cuatro meses reconocer los recuerdos emocionales. Aquel ‘lomo negro’ que hacía mami en casa, esa forma de doblar la ropa, el café que preparaba el viejo en las mañanas y el pastel de cumpleaños que tanto anhelaba, ya no genera lo mismo en mí. Era como si me hubiese cambiado el tiempo y la distancia. Ya no disfruto igual lo que tenía grabado en mi memoria, lo que la nostalgia me decía que anhelaba. Algo así es como que experimento la crisis de una transición forzada.

¿Cómo decirle a tu madre, quien orgullosamente te visita y viene desesperada por complacerte con lo que tanto amabas, que lo que fue ya no es? Que aquello que te gustaba, ya no te llena. ¿Cómo decirle que ya ni comes carne y que el azúcar la eliminaste de tu dieta? ¿Cómo explicarle que cuando lavas la ropa haces todo lo contrario a lo que ella te enseñó? ¿Cómo desglosar los recuerdos emocionales?

Son capítulos de la emigración que hay que vivir, porque al hacerte adulto e irte del hogar materno, pero mantenerte cerca de tus familiares seguramente regresarás continuamente, se harán algunas fiestas tradicionales familiares y anhelarás poco. Tal vez ni haya tiempo para anhelar porque podrías reencontrarte rápidamente con tu familia.

Al emigrar, y en mi caso pasar media década sin tenerlos cerca, todo cambia viendo cómo Venezuela se resquebraja y donde 1,503 personas fueron arrestadas arbitrariamente solo en el primer trimestre de 2019. Sin embargo, por momentos pretendes disfrutar algunas situaciones cuando aquellos que extrañas te visitan, en otras simplemente impones tu criterio y terminas hiriendo a los seres que más amas.

No sé si ustedes viven lo mismo que yo, pero es duro, muy duro, muy fuerte. Una especie de shock. Y eso que veía a mis viejos a través de los medios sociales. Hoy me pregunto ¿cómo eran los encuentros emocionales cuando pasaban años y no había tecnología?

Creo que al reconocer los recuerdos emocionales en relación a los hábitos también lo extrapolo a las relaciones. Te reencuentras con amistades que no ves hace décadas y piensas en lo cercanos que eran, terminas entendiendo que no hay nada en común hoy en día, que la vida los llevó por visiones diferentes y que hasta el reencuentro se hace incómodo. Sin embargo, siempre llevo en mi corazón lo que fue, sin pretender revivir o recrear porque lo que fue, nos hizo lo que somos hoy.

Todos cambiamos, evolucionamos y seguimos.

Seguiré recordando esos momentos cargados de emociones que no volverán y ahora no pretendo revivirlos porque no conseguiré llenarlos con esas buenas sensaciones. Prefiero mantenerlos como fueron, maravillosos.

Hoy construyo otros recuerdos emocionales, seguramente ya no enfocados en los sabores, tal vez en los aromas, pero sobre todo enfocados en el hoy ya que dichosamente mis padres, mi hermana y su familia pudieron huir de Venezuela. Los tengo a mi lado y ahora vivo para contarlo. Con mis viejos llegó Melcocha, una perrita que adoptamos Andrea y yo. A ella también la salvamos de esa realidad en que se convirtió mi amada tierra.

Carlos Bohórquez es periodista venezolano. Reside en Tampa. Para escribirle: idiomadeporte@gmail.com

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